Teníamos un piano que ella tocaba siempre, y muy bien por cierto. Usualmente de noche, sobre todo si el enano dormía en lo de la abuela, porque así dejábamos el apartamento a media luz, tomábamos algo y ella tocaba hasta tarde.
Había pasado algunos años sin tocar, y al volver a hacerlo comenzó con música clásica. A veces íbamos a la feria de Tristán Narvaja a buscar partituras. Con el tiempo comenzamos a bajarlas de internet, tanto clásica como rock, jazz, de todo un poco. Recuerdo que tocaba y cantábamos a dúo Dream a Little Dream Of Me, de Mamma Cass, a veces le daba por Scott Jopplin, a veces Satie, y casi siempre Chopin.
Yo, que no era muy conocedor de Chopin, fui transformando esa música, en especial sus Nocturnos, en un sinónimo de aquellas tardecitas y noches, en que whisky de por medio, ella inundaba la casa de notas. Me ha llevado largo tiempo lograr escuchar de nuevo a Chopin sin llorar, aunque aún no logro hacerlo sin que se me haga un nudo en la garganta.
Cuando yo era chico, los domingos a mediodía, ocurría a veces que mis viejos pusieran música en el tocadiscos del estar, y allá íbamos nosotros, mi hermano y yo, a escuchar y molestar.
En casa había gran cantidad de discos de vinilo, así que, con los viejos charlando desde los sillones, nosotros tirados en el piso al lado de los parlantes fuimos alimentando nuestros primeros amores y odios musicales.
Pasaron casi todos los tanos habidos y por haber, Rita Pavone, Giani Morandi, Iva Zanicchi, Ornella Vanoni, Nicola Di Bari, Domenico Modugno, pasaron brasileros de diverso calibre, como Roberto Carlos, María Creuza o Chico Buarque. Pasaron Los Panchos, Aníbal Troilo, Yves Montand, José Luis Perales, Alberto Cortez, y por supuesto Joan Manuel Serrat.
Poco de aquello me gustaba por entonces, mucha de esa música no aprendí a "valorarla" hasta algunas décadas después. Con los años uno va "educando" el oído posiblemente, pero creo que hay otra explicación, al menos en mi caso particular. Inevitablemente ciertas temáticas son mejor entendidas después de vivir ciertas cosas. Los tangos, o los boleros, quizás no nos gusten nunca, pero creo que hay chances de valorarlos mejor después de vivir algunos conflictos. Yo comencé a disfrutarlos luego de algunos desamores.
Hay otras canciones que con el tiempo se resignifican, se escuchan desde otra óptica. Desde chico siempre me gustó mucho Serrat, en casa estaban casi todos sus discos, y particularmente "Mediterráneo" era puesto fijo en el viejo tocadiscos. Me gustaba completito, de principio a fin y sin saltear temas. Al ir creciendo mi gusto por Serrat me acompañó, cuando tuve bandeja de CD el primer disco de él que compré fue obviamente Mediterráneo. Por épocas mi preferida era Pueblo Blanco, por épocas Aquellas pequeñas cosas, hasta hace un par de años. Desde entonces hay una canción que me resulta excluyente, Lucía.
Cuando volví a escucharla hace casi dos años, fué como si fuera nueva, como si nunca la hubiera escuchado antes. Sospecho que en realidad hace 2 años logré entender de qué hablaba realmente esa canción, por lejos desde entonces mi preferida de éste catalán, que ya es como de la familia. En los últimos dos años he descubierto muchas canciones que han cobrado un matiz nuevo, un nuevo significado, canciones que así, de golpe, empezaron a hablar de mí.
Lucía
Vuela esta canción para ti, Lucía. La más bella historia de amor que tuve y tendré. Es una carta de amor que se lleva el viento pintado en mi voz, a ninguna parte, a ningún buzón.
No hay nada más bello que lo que nunca he tenido. Nada más amado que lo que perdí. Perdóname si hoy busco en la arena una luna llena que arañaba el mar...
Si alguna vez fui un ave de paso, lo olvidé pa' anidar en tus brazos. Si alguna vez fui bello y fui bueno, fue enredado en tu cuello y tus senos. Si alguna vez fui sabio en amores, lo aprendí de tus labios cantores. Si alguna vez amé. Si algún día después de amar, amé fue por tu amor, Lucía, Lucía...
Tus recuerdos son cada día más dulces. El olvido sólo se llevó la mitad, y tu sombra aún se acuesta en mi cama con la oscuridad, entre mi almohada y mi soledad.
No estacionarse en el pasillo, - no voy a estacionarme, sólo camino un poco, espero que no venga algún reglamentarista a romper las pelotas. Supongo que con estacionarse se referirá a quedarse ahí jodiendo y entorpeciendo el pasaje de camillas y tal, y no estoy haciendo nada de eso.
Cuando dijeron que lo iban a pasar a cuidados Intermedios me imaginé otra cosa, más parecida a un CTI. La sala de Cuidados Intermedios del Hospital Policial al menos se parece más a un CTI, ésto parece un ala cualquiera con salas. Paso de intentar entenderlo, supongo que aludirá al equipamiento más que a la configuración del edificio en sí.
Seguí caminando de un lado a otro, en la punta del pasillo hay una rubia que no está nada mal, a quién estará visitando... Quedarse sentado mirándolo fijo como respira a duras penas es hasta morboso, y ese calor... por qué hará tanto calor en los hospitales ? Una ventana abierta, ufff, un poco de aire fresco, la sensación de encierro es insoportable Como odio los hospitales... cuánto hace ?, 2 años, ya dos años, como pasa el tiempo, mierda...
Había ingresado por tercera vez en el año, la enfermedad, su desgaste más bien, ya era claramente visible, no parecía una persona normal de esas que ves por la calle. Solo cabe esperar una visión así en un hospital supongo. El día anterior había recobrado la conciencia que suponía definitivamente perdida por la constante medicación, "le vamos a modificar las dosis a ver si tolera bien el cambio", había dicho la doctora. Parecía que sí. Ya se habían ido todos, como casi siempre a esa hora, estábamos solos al fin; el hospital estaba en silencio. Me acomodé en el sillón contra la ventana, la miré un rato y me puse a leer el suplemento de algún diario viejo que alguien habría llevado en los días anteriores, la madre, alguno de los hermanos, yo no compro diarios. Levanto la vista y la veo con la cabeza de costado mirándome fijo. - Hola pichona (sonrisas), necesitás algo ? - sí , apenas podía escucharla - qué querés, jugo ? - levantarme - ok, pará La senté muy despacio y comenzó a bajar los pies de la cama.
- Necesitás ir al baño ? - no, quedarme así.. Se acomodó sentada en la cama, con los pies colgando sin llegarle al suelo, mirando por la ventana hacia afuera, a las luces de Propios. - no tenés frío ? - no, estoy bien, sentate acá- le dió una palmadita a la cama a su derecha. Me senté al lado suyo, también mirando hacia la ventana. Ella me agarró la mano y recostó la cabeza en mi hombro sin decir nada. Le pasé el brazo por la espalda intentando abrazarla despacio, el nudo en la garganta me impidió hablar, y nos quedamos ahí un rato sentados mirando para afuera. Fue lo último que nos dijimos, lo último que no necesitamos decirnos. Ya sabíamos...
El aparato que mide el pulso del viejo empezó a sonar de nuevo allá en la pieza, se le zafa del dedo y suena la alarma al no recibir lecturas. Ahí sale mi vieja de la pieza a llamar a las enfermeras por enésima vez.. Le vendría bien irse un rato pero no quiere, y es lógico. Como odio los hospitales...
Había sido su cumpleaños hacía 2 días, sin dudas el peor de su vida, sin dudas no habría otro. Mientras acababa el cigarrillo releyó aquel archivo que escribía desde hacía más de un mes en la pc, LEER SI ME PASA ALGO.txt. Ya todos sabían de la existencia de aquél archivo, aunque no su contenido, no había que dejar demasiado espacio al azar.
Si estás leyendo esto es porque me pasó algo, espero que haya sido rápido e indoloro... Repasó una vez más los puntos, las comas, cualquier error que pudiera oscurecer el significado de aquél mensaje que no debía admitir más que una sola lectura. No habría lugar a explicaciones más tarde, y había cosas importantes que decir.
Algún día su hijo leería aquello, no quería dejarle una impresión equivocada de sus móviles. El dolor en el pecho le perseguía desde hacía meses, estaba claro que más allá de los vaivenes anímicos el dolor era físico, no sólo espiritual. Acabó el cigarrillo junto con aquella enésima lectura. Fue hasta la puerta y la dejó sin llaves. Regresó a ese cuarto de poco más de seis metros cuadrados y paredes manchadas por la humedad, polvo y nicotina, y volvió a asegurarse que el mensaje estuviera abierto; desde hacía meses todo era muy confuso, su mente ya no funcionaba como antes, era obvio, y había que repasar las cosas por triplicado. Las facturas sin pagar regaban la mesa junto a cajillas vacías de cigarrillos, los vasos se acumulaban sobre la biblioteca pues no quedaba espacio libre en la cocina, la ropa usada en los últimos días se mezclaba en el piso sobre una alfombra llena de pelusas y cenizas.
La ventana estaba como siempre algo abierta para evitar que el humo se concentrara demasiado; la abrió por completo, encendió el último cigarrillo y se acodó en el antepecho a fumar mirando con dificultad un paisaje que conocía de memoria. Por su mente cruzaron los recuerdos de aquellos años, los proyectos inconclusos, los planes que nunca se concretarían, mientras divagaba sobre si todo aquello no sería una pesadilla de la que despertaría sobresaltado con ella durmiendo a su lado. No lo era, cada día fantaseaba con que lo fuera sin éxito.
Hasta la calle habrían unos 18 ó 20 metros, ya lo sabía de sobra, era más que suficiente, sólo debía evitar el árbol y al Peugeot que ese día estaba estacionado allá abajo. Era un salto fácil y un final intantáneo, la mejor manera sin dudas. Por allá atrás el teléfono comenzó a sonar una vez más. Una vez más como desde hacía semanas lo ignoró, nadie podía tener algo importante que decir, le hastiaba la sola idea de caminar hasta el comedor a atenderle. Todos creían entender, y quizás algunos entendían, pero ninguno sentía realmente el agobio y la infinita tristeza que nublaban cada día. Nadie entendía en realidad, nadie..., por suerte para ellos. Acabó el cigarrillo y lo vió caer rebotando en las hojas del árbol. Era el momento, otra vez era el momento, como cada día desde que había decidido escapar de una vez por todas.
Como cada día decidió echar un último vistazo a aquél mensaje que sería lo único que dejaría a su hijo. Como siempre faltaba algo, no estaba suficientemente claro lo que sentía, lo que sentía por él, lo que había significado ella, habían cosas sin decir aún, y después no podría. Otra vez aquello tendría que esperar, siempre habría tiempo. Se volvió a sentar, encendió otro cigarrillo y volvió a escribir.
Vivíamos en un apartamento de algo más de 60 metros cuadrados frente al zoo, que era el paseo obligado de cada fin de semana desde que tenía algo más de un año de edad. Se sabía de memoria la ubicación de cada animal, aunque parecía tener preferencia por las cabritas, las llamas y los patos, y es que los veíamos desde las ventanas de nuestro sexto piso y conocíamos antes que nadie a las crías recién nacidas. Su otro paseo predilecto era la placita. Esta quedaba casi frente a su escuela, y cada vez que pasábamos a la salida pedía para dedicar unos minutos a hamacarse y correr palomas. Yo pocas veces accedía.
Hacía algunos meses que le veía poco y mal. Su madre y yo luchábamos sin éxito alguno contra el cáncer que la estaba matando. No era un ambiente propicio para un niño pequeño pasar el día entre emergencias médicas, corridas de madrugada, charlas sobre posibilidades de sobrevida, entradas y salidas del hospital y adultos llorando a escondidas de impotencia. Así, con afán de mantenerlo en un ambiente lo más sano posible, lo enviaba a lo de mi hermano, fuera de la ciudad, donde con sus primos llevaba una vida que disimulaba la poca atención que recibía en casa y lo mantenía 'a resguardo' de escenas que pudieran impactarle demasiado. Luego volvía y pasaba un par de semanas yendo a la escuela, a veces conmigo, a veces con la abuela, dependiendo de quien estuviera 'disponible', procurando que no perdiera el año escolar.
Aquellas 7 cuadras de casa a la escuela eran los momentos que teníamos juntos en el día con relativa ilusión de calma, y entre charlas sobre Los Padrinos Mágicos, los deberes o algunas carreras 'hasta la esquina' yo intercalaba información que fuera acercándolo a una realidad bastante difícil de explicarle. Que mamá está enferma, que es muy difícil que se cure, que está más enferma, que los doctores quieren cuidarla otra vez en el hospital; con cuentagotas intentaba prepararlo para el momento que yo sabía tan inevitable como cercano. Yo estaba convencido que de alguna manera él iba asumiendo que algo iba muy mal, de hecho aparentaba estar cada vez más distante de su madre, casi no preguntaba por ella pese a ser inseparables meses atrás. Pero sabía también que era complicado desterrar esa idea de que la muerte era un contratiempo donde uno perdía algunos puntos y volvía a comenzar como en un videojuego.
El día de la primavera ella finalmente dejó de sufrir. Debo reconocer con cierta vergüenza que de alguna forma la envidié. Cuando logré volver a pensar comencé a juntar todo el valor que me fue posible para hablar con él. Al verlo, unas horas más tarde, le invité a salir, y entre promesas de ir hasta el Shopping Center a comer una hamburguesa, tomar un helado y comprar unos juegos para la PlayStation fuimos caminando hasta aquella placita que nos quedaba a medio camino. El calor era agobiante, más para esa época del año. Yo buscaba la mejor forma de mantener la compostura y no llorar antes de tiempo, no hasta poder decirle...
Compramos un par de refrescos y cruzamos a sentarnos en el césped, mirando hacia las hamacas. - ¿Puedo ir?, me preguntó parándose delante de mí con la botella de Fanta en la mano. - No enano, después, ahora quiero hablar contigo..
Me escuchó de pie, mirándome muy fijo, con unos ojos enormes, cada vez más redondos a medida que le hablaba tratando de no ser más brutal de lo que la verdad era. Esa mirada me persiguió durante meses, y dudo que pueda olvidarla alguna vez. Pensé que lloraría o gritaría como yo quería hacerlo, pero no lo hizo.
Cuando acabé, todavía mirándome fijo y muy serio me dijo: - ya puedo ir ? - sí enano, andá. Fue hasta una hamaca, subió y se miró los pies unos segundos mientras pateaba la tierra. Luego bajó y comenzó a correr por la plaza, a toda velocidad. Calculo que lo habrá hecho durante unos 5 minutos, hasta que no pudo correr más; entonces vino caminando despacio, con paso cansado y preguntó: - papá, vamos a tomar un helado? - sí enano, vamos
En 1996, y en Egipto, me enteré de qué cosa era un Ankh. Nos dirigíamos al Gran Bazar de El Cairo en excursión con la intención de agenciarnos algunos souvenirs con los que al regreso impresionar a la familia, mientras el guía nos describía algunos objetos que encontraríamos y su significado, y nos adoctrinaba sobre la mejor forma de conseguir buenos precios.
Perfectamente conciente de mi absoluta incapacidad para poder regatear con éxito absolutamente nada, escuché con poco interés, mientras miraba por la ventanilla, cómo aquel tipo dedicaba parte de su didáctica charla a la "llave de la vida". Media hora después me veía extendiéndole a un vendedor 10 dólares por un par de aquellas crucecitas de plata por el mero hecho de poder pagarlas, y por cierto, sin haber intentado conseguir un precio mejor pese a aquellos 'útiles' consejos del guía. No tenía muy claro a quién regalaría éstas "llaves de la vida", quizás una a cada una de mis primas; al llegar resolvería.
Al regreso olvidé regalarlas a alguna persona (o quizás no lo olvidé), y allí quedaron unos meses, pasando de un cajón a otro de mi dormitorio, y de una casa a otra luego.
Volvieron a aparecer unos años después. Yo ya me había casado hacía algún tiempo, pero tanto ella como yo conservábamos pedazos de nuestras vidas anteriores desconocidos para el otro, algunos de ellos en forma de objetos guardados en cajitas de esta o aquella mitad del ropero. Y en una limpieza, de esta mitad del ropero, saltaron los Ankh junto con los recuerdos de aquel viaje, siempre mencionado con extrema cautela por haber sido hecho con mi anterior pareja, y la pareja anterior siempre es un tema jodido, donde cualquier asomo de nostalgia asociado a ella puede acabar en batalla campal.
Se los mostré mientras relataba el significado que tenían aquellas cruces tan particulares, y sobre todo como habían llegado a manos de un ateo redomado como yo. Nos habíamos casado sin iglesia, ni compromiso, ni alianzas, ni nada, simplemente nos casamos. Y al verlas ella propuso usarlas a modo de unas alianzas que solo nosotros dos reconoceríamos como tales, "ya que son dos, y son idénticas"....
Así aquellos souvenirs se transformaron en un símbolo de unión entre nosotros; o al menos eso debían ser para dos personas no demasiado afectas a ningún sentimiento místico. Nos las quitábamos para dormir porque pinchaban, en especial si la noche era agitada, y finalmente con el tiempo ambas volvieron de manera casi definitiva a un cajón, esta vez separadas, una a cada lado de la cama.
Pasaron tiempos buenos y luego malos. Un día estando ella muy enferma, mientras buscaba ropa que no le quedara demasiado grande a su menguada talla, se encontró con su Ankh, y colgándoselo del cuello me dijo.. "por qué no usás el tuyo?". Yo creí entender el significado de aquella pregunta, y volví a usarlo a partir de entonces todo el tiempo, quitándomelo únicamente para dormir, y sólo a veces, ya que las noches ya no eran demasiado agitadas.
Fue el único objeto que decidí conservar en recuerdo a ella, mi mitad de aquel símbolo de unión, el único objeto realmente importante que me acompañó cuando cambié de casa y de ciudad para poder seguir viviendo sin ella, cosa que aún intento.
Sentiste alguna vez lo que es tener el corazón roto, sentiste a los asuntos pendientes volver hasta volverte muy loco...
Hace muchísimo calor hoy, así que salí a sentarme al jardín a tomar un whisky, mirar la noche, fumar sin parar, y escuchar "El Regreso", de Calamaro.... y entonces recordé aquel Ankh, el mismo que diez días después de mudarme a esta casa me robaron por olvidarlo en la mesa de luz, por no llevarlo puesto por única vez aquel día en que salí apurado. Rompieron dos rejas y un vidrio de mi recién estrenada nueva casa para llevarse únicamente dos objetos, uno de ellos el irremplazable Ankh.
Sin saber por qué justamente hoy ese recuerdo me salta a la cabeza cada pocos minutos, dejé el whisky en el piso y entré a escribir ésto a pesar del calor, y es que Calamaro no me deja tranquilo...
si resulta que sí, si podrás entender lo que me pasa a mi ésta noche, ella no va a volver y la pena me empieza a crecer adentro, la moneda cayó por el lado de la soledad y el dolor.
Ya puedo volver a por mi whisky allá afuera, a tratar de convencerme una vez más que no se trataba más que de un objeto de 5 dólares, de un souvenir barato para turistas que compré hace más de 10 años. O mejor aún, pensar en cualquier otra cosa. El calor es insoportable, un poco de lluvia no vendría mal.